Thursday, August 04, 2005

Puntada sobre las experiencias religiosas

Estaba en medio de mi clase, hablando sobre el mito y el lenguaje simbólico, cuando comprendí algo que sabía (aclaro que, para mí, saber no es lo mismo que comprender, yo sé muchas cosas, pero son pocas las que he comprendido. Lo esencial no pertenece al ámbito del conocimiento, sino al de la comprensión). No lo voy a explicar aquí, no tiene sentido intentar convertirlo en palabras, pero tiene que ver con las experiencias religiosas (el término religión viene de religatio, que significa "volver a unir; re-unir"), con esos momentos maravillosos de nuestra vida cuando superamos los límites de nuestro yo y entramos en verdadero contacto con lo otro (el otro, lo otro próximo, lo Otro trascendente). Esos instantes no son muchos, pero sí varios, afortunadamente, y son fundamentales, en el sentido de que son razón y base de la vida misma. Les decía que estaba en clase, hablándo a mis alumnos -con quienes sentí una conexión especial, eso no pasa muchas veces, pero a veces sí y es maravilloso- y empecé a recordar la Navidad de 1996... Yo estaba en París, era mi primer viaje a Europa, costeado por mí, y en la noche del 24 estaba en la iglesia de Notre Dame, en la Misa de Gallo, sentada en la primera banca, escuchando absorta la misa cantada en latín, los coros, la voces de cientos de personas allí reunidas, y mi alma empezó a sentirse rebosada, desbordada y comencé a sentir las lágrimas que rodaban lentas, temerosas de romper con su presencia la sacralidad de aquel instante. Y al salir, nevaba y todas las campanas de París doblaban al tiempo para celebrar el nacimiento de Jesús, yo estaba parada en el puente sobre el Sena, mirando la corriente del río, escuchando el tañido... Entonces sentí que no estaba sola y que no lo estaría nunca... Y quería contarles esta, una de mis más significativas experiencias religiosas. Dejo las agujas. Un abrazo.

1 comment:

Herulor said...

Iba una noche caminando por la calle -ésta en especial siempre me gustó, casi siempre desierta- para tomar el bus de regreso a casa. Creo que era la primera vez que hacía ese camino de noche o lo que ocurrió habría tenido lugar antes, supongo. Me sorprendió, como suele sorprenderme el escuchar mi nombre, un murmullo o un zumbido; me sorprendió porque estaba dirigido a mí, porque nadie más podría haberlo escuchado, porque sí, decía mi nombre, en fin, me hablaba.

Pronto, de la sorpresa pasé a un cierto grado de intranquilidad, pues, tras un par de minutos de buscar alrededor bajo las luces dispares de las lámparas, aún no lograba identificar la fuente de esa llamada. Y pasaron más, y fue necesario que regresara sobre mis pasos -aun cuando había decidido continuar caminando e ignorar todo el asunto, y fue necesario volver a avanzar, para ubicar el lugar correcto desde el cual alguien me llamaba.

Ahora me extraña un poco que mi reacción fuera de un profundo interés por mi, en ese momento, interlocutor. Al comienzo no me resultaba muy claro lo que intentaba decirme, sólo que se sentía agobiado por la angustia; y fue una larga sucesión de preguntas y respuestas la que necesité para finalmente comprender su horror -algo que a un tanto inútil, ya que nada podía hacer yo por él, pero imprescindible, pues era la único que cualquiera podría haber hecho y lo único que necesitaba. Su dolor, o más bien, su carga, era la conciencia de encontrarse muy cercano a la muerte, saber que pasarían muy pocos días hasta el momento en que por fin dejaría de existir.

Aún hoy guardo luto y no deja de correrme una lágrima cada vez que recuerdo aquella lámpara a un cuadra de Facol.

P.D. No estoy muy seguro de por qué decidí compartir esto hoy y aquí (aunque no es la primera vez para esta historia). Aunque creo que tiene que ver con pagarle respeto a mis muertos.